top of page

Creo, pero no creo (y aun así funciona)

  • 21 may 2025
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 5 feb


No sé cómo explicarlo. Lo viví, lo vi, lo sigo viendo. Y, sin embargo, todavía dudo. Practico reiki, trabajo con cuencos tibetanos, con cristales, con energía... y me sigue sorprendiendo cada vez. Este texto no busca convencerte de nada. Solo quiero contarte lo que viví. Y lo que no puedo dejar de preguntarme.


Una silla, una vecina y quince minutos.


Hace unos días, una vecina me preguntó si hacía reiki. Le dije que no, que en este momento no contaba con un lugar físico para atender. Le pregunté qué le pasaba y me dijo que se sentía muy para abajo, sobrecargada, con mucho dolor de cabeza. También me comentó que nunca había tomado una sesión, pero que se lo habían recomendado mucho.


Le ofrecí hacer una mini sesión en su casa, en una silla. Fueron apenas quince minutos. Cuando terminamos, me miró como si hubiera pasado algo extraordinario. Me dijo que se sentía mucho mejor. Que hacia el final sintió como si estuviera levitando. Me preguntó si le había puesto una luz enfrente.

No”, respondí.

Y ella me dijo: “Nunca viví algo así”.


Días después, me la crucé y le pregunté cómo seguía. Me dijo: "No sé si fue la fe que le puse, pero me siento superbién. Esa ansiedad, esa angustia, se fueron".

Yo asentí. Le sonreí. Y por dentro, me volví a preguntar lo mismo de siempre: ¿Cómo puede ser que algo tan simple, tan breve, tenga ese efecto? Y sobre todo: ¿por qué yo, que lo hago, que lo experimento, que lo doy y que lo recibo, sigo dudando?

 

La incomodidad de lo inexplicable.


Desde hace casi 20 años he estudiado y practicado distintas formas de reiki, masaje sonoro con cuencos tibetanos, terapia con cristales, radiestesia. No llegué a estas prácticas como creyente, sino como buscadora. Me llevó la curiosidad.


Me quedé por algo que no supe nombrar.


Y aunque muchas veces experimenté alivio, claridad, cambios internos y externos, algo en mí sigue necesitando entender.


Soy racional. Siempre quiero encontrar la lógica a las cosas. Y estas experiencias, aunque me atraviesan, no encajan en ningún modelo explicativo que me convenza del todo. No hay datos duros. No hay ecuaciones. Hay sensaciones. Cambios. Algo que se acomoda por dentro, como si el alma respirara distinto. Me incomoda no poder explicarlo. ¿Será que todavía le temo a parecer ingenua? ¿Será que no quiero entrar en ese terreno porque suena vago, poco serio, indefinible? ¿Es escepticismo? ¿Es miedo? ¿Es esa parte de mí que todavía necesita que todo tenga una explicación? ¿Y si en el fondo sigo dudando para no tener que rendirme del todo?



Cambios que no se pueden fingir


Hubo un momento —más de uno, en realidad— en que empecé a notar algo nuevo. Pero no lo noté sola: me lo dijeron los demás. Personas muy cercanas a mí dijeron: "Estás cambiada".


Pero no era un elogio. No era “te veo mejor”, era más bien “ya no respondés como antes”. Ya no era tan funcional, tan previsible, tan acomodada al molde que los demás esperaban.


Y lo que más me impactó fue darme cuenta de que esa transformación, esa pequeña rebelión silenciosa, había comenzado no en la cabeza, sino en el cuerpo. En el campo energético. En lo sutil. No solo había cambiado mi energía. Había cambiado mi forma de estar en el mundo.


No lo planifiqué. Solo sucedió.


Yo, que había hecho terapia durante años, no había recibido nunca ese tipo de devoluciones. No porque la terapia no sirva (la valoro profundamente), sino porque en mi caso los cambios eran más lentos, más internos, más mentales. En cambio, con estas terapias energéticas, hubo algo inmediato. Como si una parte mía hubiera despertado de golpe. Como si algo se hubiera corrido y ya no pudiera volver al mismo lugar.

 

 ¿Y si lo real no siempre necesita explicación?


Sigo sin tener respuestas. Sigo queriendo explicarme cosas que tal vez no tienen explicación. Sigo siendo esa que cree… pero no cree del todo.


Tal vez porque vivimos en un mundo que desconfía de lo invisible. Y me doy cuenta de que, en ese filo, en esa tensión, en esa frontera entre lo racional y lo sensitivo, también habita otra forma de verdad. Una verdad que no pasa por la cabeza, sino por todos nuestros cuerpos sutiles.


Tal vez el problema no es que no funcione, sino que funciona demasiado y nos confronta con algo que no podemos controlar.


Tal vez nos duele soltar el relato de que todo debe ser racional, comprensible. Tal vez hay cosas que se sienten primero… y se entienden después (o nunca).


No sé. Pero algo pasa. Y cuando pasa, el cuerpo lo sabe. La respiración se afloja. La mente se silencia. Y algo se acomoda que no sabíamos que estaba roto. No quiero convencerte. Solo quiero invitarte.

 

 

¿Y vos, en qué punto estás?


¿Alguna vez viviste algo que te hizo bien, pero no supiste explicar por qué?
¿Cuánto lugar le das a tu intuición en la vida cotidiana?
¿Te animás a probar algo que no entiendas del todo, pero que te despierte la curiosidad?
¿Cuánto espacio le das a lo que sentís… antes de filtrarlo por la cabeza?




🗣️ Dejá tu comentario (de forma anónima o con tu nombre, como prefieras)

Lo que compartas también puede abrir nuevas preguntas.

¡Gracias por estar del otro lado!


 



Susana G. Bruzza

Acompaño procesos humanos y de cambio consciente

Integrando counseling y coaching

Más sobre mí: susanabruzza.com



Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page