Cuando la muerte dejó de ser una idea
- 5 jun
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Desde muy chica la muerte estuvo presente como parte de la vida cotidiana. Se morían abuelos, tíos, vecinos. Íbamos a los velorios. Visitábamos el cementerio llevando flores.
Yo recuerdo los crisantemos: hasta hoy, su olor sigue remitiéndome a la muerte. Me produce rechazo. Ciertos olores quedan para siempre pegados a determinadas experiencias.
En aquella época la muerte todavía tenía rituales. Había tiempo para despedirse. Los velorios duraban dos o tres días. La familia, los amigos, los vecinos, acompañaban. Los chicos también estábamos ahí.
Yo ya sabía lo que significaba la muerte. Ya había visto personas muertas. Pero entender intelectualmente la muerte y atravesarla son cosas completamente distintas.
La primera vez que sentí la muerte como desgarro fue cuando murió mi padre. Yo había cumplido trece años recientemente. Él, apenas cuarenta y siete. Todavía era una niña y él todavía era un hombre joven. Ahí la muerte dejó de ser una idea y se volvió experiencia. El regreso a casa después del entierro fue lo más difícil, al dolor se le suma el vacío cuando alguien con quien convivías ya no está.
Más tarde, apareció algo nuevo: el miedo a perder a otros seres queridos. Ese miedo se profundizó tres años después, con la muerte de un chico apenas unos años más grande que yo. Con los años siguieron llegando otras muertes y entendí que no todas se viven igual.

Hay pérdidas que arrasan. Otras dejan marcas distintas porque llegan en otro momento de la vida, con otra estructura emocional, otra historia, otra aceptación de la fragilidad humana.
He notado que, en estos últimos años, siento de otra manera las muertes de personas allegadas. Tal vez porque, a partir de cierta edad, uno empieza a convivir más con la idea de la propia muerte. Aunque siguen golpeando, ya no producen aquel desgarro de antes. Aun así, cada pérdida deja alguna forma de soledad.
Incluso cuando la muerte puede ser deseada, porque el sufrimiento se vuelve demasiado largo, cruel y agotador, llega un momento en que uno desea descanso, para el otro y también para uno mismo.
En ocasiones, siento que vivimos en una sociedad que intenta mantener a la muerte lejos. Queremos cuerpos siempre jóvenes, duelos rápidos, velorios breves o inexistentes, dolor silencioso. La muerte se posterga, se medicaliza, se esconde. Hay apuro por volver a la normalidad.
A mí me parece necesario el ritual del velorio. Ese tiempo intermedio donde uno todavía puede permanecer cerca de quien murió, aunque sepa que la persona ya no está ahí. Porque también necesitamos entender lo que pasó. A medida que el cuerpo pierde calor, uno empieza a retirarse de esa presencia, como si algo instintivo comenzara, poco a poco, a aceptar la ausencia.
No siempre la muerte enseña algo. A veces deja miedo. O vacío. O una percepción distinta de la vida. Tal vez por eso algunas experiencias de pérdida dejan marcas que no terminan de borrarse, no porque pensemos en ellas cada día, sino porque modifican algo en nuestra manera de estar en el mundo.
Susana G. Bruzza
Acompaño procesos humanos y de cambio consciente
Integrando counseling y coaching
Más sobre mí: susanabruzza.com


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