top of page

¿Qué rituales siguen teniendo peso?

  • 12 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 5 feb


Hoy pasé por una iglesia de la ciudad de Buenos Aires y vi este cartel anunciando la suspensión de la misa del mediodía para “ver el partido en familia”. Pese a pasar rápido y entre mucha gente, no me pasó desapercibido. No me enojé, ni me escandalicé; ya no pertenezco a esa dinámica. Pero algo hizo ruido. Y ese ruido se convirtió en pregunta.

Una escena mínima, un interrogante mayor


Fue una escena simple. Una parroquia. Un cartel escrito con entusiasmo. Algunos chicos con remeras de la Selección Argentina en el atrio. La misa de las 12 suspendida.


Seguí caminando, pero la imagen se quedó conmigo. No porque sea excepcional, sino justamente, por lo contrario: porque es perfectamente verosímil en la Argentina de hoy. Y porque ocurre en diciembre, en pleno tiempo de Adviento, cuando —al menos en el plano simbólico— se supone que algo distinto está en juego.



Adviento: una pausa que invita a mirar


Para quienes no lo saben, el Adviento es el tiempo previo a la Navidad dentro del calendario cristiano. No es un período festivo en el sentido ruidoso del término. Es, en su origen, un tiempo de espera, preparación, disponibilidad interior, incluso de cierta sobriedad. No se trata tanto de hacer, sino de disponerse. De frenar. De escuchar. De mirar hacia adentro.


Por eso la escena del cartel no es neutra. No ocurre en cualquier momento del año. Ocurre en un tiempo que invita —al menos simbólicamente— a otra cosa.



Fe, espiritualidad y religiosidad: no son lo mismo


Conviene diferenciar planos.


La fe o la espiritualidad remiten a una experiencia íntima, personal, no delegable. Tienen que ver con la búsqueda de sentido, con las preguntas profundas, con el modo en que cada quien se vincula —o no— con lo trascendente.

 

La religiosidad institucional, en cambio, implica prácticas, ritos y estructura organizada de manera vertical: autoridades, jerarquías, decisiones que se toman arriba y se acatan abajo. Históricamente, incluso, la experiencia de lo sagrado fue administrada por una élite que reguló el acceso al perdón, al sentido y a la pertenencia. No es un juicio moral. Es una descripción para entender lo que vemos.



Cuando lo religioso se subordina a lo deportivo


El cartel no propone integrar. No dice “después de la misa compartimos el partido”. Dice misa suspendida. El verbo importa. Algo cede su lugar para que otra cosa lo ocupe. Y lo que ocupa ese lugar es el fútbol. No como deporte en sí, sino como ritual cultural.

 

En Argentina, el fútbol convoca como pocas cosas. Genera pertenencia, identidad, emoción compartida. Funciona como lenguaje común. En muchos casos, es el espacio donde se arma “familia”, comunidad, tribu. Una experiencia de comunión intensa que diluye, al menos por un rato, la soledad individual en la masa.


No sorprende, entonces, que incluso dentro del espacio religioso se adapte la agenda para no quedar desfasado de aquello que hoy concentra mayor energía simbólica.


 

Fútbol e Iglesia: dos instituciones, una lógica similar

 

Aquí aparece un paralelismo incómodo, pero necesario de mirar. Tanto la Iglesia como el fútbol funcionan a partir de estructuras verticales. En ambos casos hay jerarquías claras, concentración de poder y escasa participación real de las bases en las decisiones importantes.

 

En el fútbol profesional, además, las personas —los jugadores— son compradas y vendidas. Se habla de pases, porcentajes, valores de mercado. El lenguaje es el del intercambio, no el del cuidado.


En la Iglesia, la autoridad moral y simbólica se organiza también desde arriba, con normas que se esperan sean acatadas.

 

Ambas instituciones, además, están atravesadas por escándalos de corrupción que ya no pueden pensarse como hechos aislados: dirigencias deportivas cuestionadas, manejos opacos, encubrimientos; abusos, silencios y complicidades dentro de la Iglesia. Nada de esto invalida completamente su sentido original. Pero sí invita a mirar con menos ingenuidad.


Y, aun así, una de ellas conserva —al menos hoy— mayor capacidad de convocatoria, mayor legitimidad emocional, mayor capital simbólico que la otra.



Ritual, vacío y alivio inmediato

 

Tal vez el fútbol no prometa trascendencia. Pero ofrece algo que, en este tiempo histórico, parece más eficaz: alivio inmediato. No exige transformación ni revisión personal. No pide creer. Basta con adherir.

 

En un mes como diciembre —cargado de consumo, exigencias afectivas y mandatos de felicidad— el partido aparece como un ritual que permite evitar el silencio, la espera, el vacío que a veces incomoda. Una catarsis colectiva más accesible, menos culposa, más compartida.

 

Tal vez no sea casual que hoy la emoción comunitaria se busque más en un estadio que en una iglesia.



¿Qué rituales siguen teniendo peso?

 

Quizás la pregunta no sea si está bien o mal suspender una misa por un partido.

Quizás las preguntas sean otras:

¿Qué rituales siguen teniendo capacidad real de convocatoria en nuestra cultura?

¿Qué cosas logramos suspender sin demasiado conflicto?

¿Y cuáles no?

 

Que el fútbol se imponga incluso sobre un rito religioso en Adviento no habla solo de una parroquia. Habla de nosotros como sociedad. De aquello que todavía nos une. Y de aquello que, lentamente, pierde centralidad simbólica.

 


Una pregunta abierta

 

Desde una mirada más personal —y también profesional— tal vez valga preguntarse algo más: Cuando los rituales colectivos se vacían o entran en conflicto...


¿Sobre qué pilares construimos nuestro propio sentido?


¿Cómo distinguir la adhesión tribal de una búsqueda auténtica de significado?


¿En qué valores se sostiene hoy nuestra cultura cuando los rituales que más nos convocan están organizados desde estructuras verticales, poco transparentes y difícilmente cuestionables?


No tengo respuestas cerradas. Pero creo que vale la pena detenerse ahí. Especialmente cuando algo que parecía sagrado se suspende sin demasiado conflicto.

 

Tal vez podamos seguir pensando estas preguntas juntos.

  



🗣️ Dejá tu comentario (de forma anónima o con tu nombre, como prefieras)

Lo que compartas también puede abrir nuevas preguntas

¡Gracias por estar del otro lado!


 



Susana G. Bruzza

Acompaño procesos humanos y de cambio consciente

Integrando counseling y coaching

Más sobre mí: susanabruzza.com




Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page