Murió Francisco: un Papa distinto en una Iglesia igual
- 21 abr 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 5 feb
Por Susana G. Bruzza
Con la muerte de Francisco se cierra una etapa particular dentro de la Iglesia Católica. Un Papa que intentó acercarse a las personas, que habló de fraternidad, ecología y diálogo interreligioso. Pero su partida deja intactas muchas preguntas sobre la fe, el poder del Vaticano y la capacidad —o la voluntad— de la Iglesia de transformarse de verdad.

Cuando lo simbólico deja de hablar
Durante muchos años, formé parte activa de la Iglesia. Practiqué los ritos, enseñé catequesis, me sentí parte de sus valores. Pero con el tiempo, algo se quebró. Las contradicciones entre lo que se predicaba y lo que observaba se volvieron evidentes. La institución comenzó a parecerme más interesada en conservar su autoridad que en promover consciencia.
Aun así, hubo ritos que conservaron su fuerza simbólica por un tiempo. Hasta que dejaron de hacerlo. Este último miércoles de cenizas volví a misa, una ceremonia que alguna vez me conmovió por su recordatorio brutal: “de polvo eres y al polvo volverás”. Pero lo que vi y sentí fue un acto vacío. Un cura que ni siquiera parecía un actor: no había alma, todo era forma. Me levanté y me fui. Y al irme, entendí que ese espacio ya no era mío.
Una fe sin estructuras
Alejarme de la Iglesia no significó abandonar toda forma de fe. La sostengo como puedo, aunque no siempre pueda. En los momentos más duros, todavía me encomiendo a Dios, pero no al Dios que me enseñaron, sino a esa fuerza que siento omnipotente, omnipresente y omnisciente, aunque no estoy segura si está fuera o dentro de cada uno de nosotros. No es un Dios vigilante y castigador. Es una presencia que me sostiene cuando la razón ya no alcanza. Una fe que no necesita certezas, pero sí abrigo.
Comprendí también que no es necesario pertenecer a una religión para tener valores nobles. La ética no es patrimonio exclusivo de ninguna institución. Y, en muchos casos, la pertenencia formal ha servido más para legitimar el poder que para construir comunidad.
Francisco: el gesto y el límite
Cuando Francisco llegó al papado, trajo consigo una imagen distinta: eligió una vida más austera, se mostró cercano, promovió el diálogo entre religiones y habló de un Dios único que trasciende nombres y credos. Reconoció la dignidad de quienes no creen y denunció un sistema que descarta a los más vulnerables.
Es justo reconocer esos gestos. Representó una pausa en una lógica eclesial más ligada al castigo que al encuentro. Pero su figura no alcanzó para transformar una estructura anclada en jerarquías rígidas, en privilegios históricos, en silencios que aún pesan.
La Iglesia sigue siendo la misma. Vertical, patriarcal, selectiva. Con un historial que incluye complicidades dolorosas: dictaduras, abusos, encubrimientos. Y una forma de enseñar la fe que apeló más al miedo y a la culpa que al amor y al discernimiento.
Tal vez no sea casual que la Iglesia siga congregando, con fuerza, a los sectores más pobres y a los más ricos. Los primeros, porque no tienen más que la fe como promesa de alivio o justicia. Los segundos, porque en ella encuentran legitimación moral y pertenencia simbólica. Por razones muy distintas, ambos extremos se mantienen cercanos a una estructura que históricamente supo contener… y también domesticar.
Una pregunta que queda abierta
La muerte de Francisco no es solo el cierre de un pontificado. También puede ser una oportunidad para pensar en lo que todavía no cambia. Y para preguntarnos, quienes alguna vez creímos o aún creemos, qué hacemos con esta fe sin estructura, sin templo, sin mediadores.
Una fe que no necesita ser administrada, sino cuidada.
¿Dónde queda lo sagrado cuando lo institucional ya no lo representa?
Tal vez en lo cotidiano. En un gesto de ternura. En una mirada que no juzga. En el silencio que cobija. Lo sagrado, quizás, no esté perdido. Solo espera ser visto donde ya está.
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La fe, algo tan preciado y tan difícil de sostener. Excelente nota
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